
Por: Christian León Porras
Profesor de la Escuela de Posgrado y Educación Ejecutiva en la PUCP
Parte del clamor social plantea que todos somos iguales. Pero, ¿será cierta esa afirmación? Debemos recordar con algunos ejemplos que el ser humano no es igual desde diversas perspectivas.
Basta pensar en la genética (a excepción de los idénticos gemelos), en nuestra fisiología o anatomía, como se puede verificar en el funcionamiento del sistema digestivo, hormonal, inmunológico o neurotransmisor que influyen en el estado anímico, conllevando a la conducta heterogénea, entre otros tópicos individuales. Del mismo modo, si pasamos al plano social observamos categorías culturales, gastronómicas, tecnológicas, políticas, entre otras.
La naturaleza misma es diferente. ¿Por qué no reconocer esta diferencia? Sobre la base de esa diversidad tenemos el deber de agruparnos para darle solución a los múltiples desafíos contemporáneos que afectan nuestra individualidad.
Particularmente, considero que debemos tener claridad sobre lo siguiente: la igualdad ante la ley y de oportunidades que fortalecen la dignidad, son elementos no negociables e indispensables para la construcción del progreso social.
Asimismo, al entender que es ir contra la naturaleza el buscar la igualdad, tenemos que admitir que somos seres jerárquicos y territoriales, lo fundamenta la psicología social, la biología y la antropología.
En este sentido, la psicología y las ciencias sociales aportan herramientas para el desarrollo de competencias cívicas que nos permitan transformar la diferencia en un valor positivo: la tolerancia, la capacidad de diálogo y debate, y el pensamiento crítico e innovador.
Lejos de ser un obstáculo, la diversidad constituye una oportunidad para enriquecer el tejido social y fortalecer nuestra capacidad de resolver problemas colectivos.
La pluralidad de perspectivas es, en última instancia, la base de la vida democrática: una sociedad que celebra las diferencias está mejor preparada para prosperar en conjunto.